LA IGLESIA DE LA COLONIA

Hasta lo que alcanza mi memoria, aquel lugar al que yo siempre he llamado “mi pueblo”, no era, ni mucho menos, la colonia donde mis padres habían nacido y crecido; cuatro hileras de casas que formaban las tres únicas calles, que convergían al norte en una pequeña plaza donde se ubicaba la iglesia, la Villa de San Luis, el cuartel de la Guardia Civil, y además de otras casas, la de Robledano. Al sur con un gran edificio, el antiguo hospital, que mas tarde sería la escuela, desde donde partía un camino largo y polvoriento que los llevaba hacia la playa, asaltado de vez en cuando por alguna que otra higuera y un ventorrillo de agua fresca, que servía de descanso, tanto a la ida como a la vuelta de la larga caminata al mar.

Yo conocí la esencia de todo eso, pero con muchas más calles. Recuerdo tantos momentos, tantos rincones, tantos escondites, que hacían de él un lugar distinto y más placentero de lo que  supongo que es hoy, aunque los que han evolucionado con sus progresos no estarán de acuerdo conmigo. Tanto lo bueno como lo malo, parecía más bello.

Cuando yo tenía cuatro, cinco o seis años, aún nos quedaban pequeñas secuelas de la posguerra en la propia escuela; como era: el modo de aprender tanto las tablas de multiplicar, el padre nuestro o los puntos cardinales a modo de canción y el hecho de que todos los viernes a la hora del recreo nos repartían leche en polvo. Que en su tiempo se usó como suplemento de una precaria alimentación

Era a esa hora, la hora del recreo, cuando a mis hermanas y a mí nos gustaba visitar la casa de las hermanas Ana Gómez y María Guzmán, ya por entonces muy ancianas. Ana que era la mayor tenía una memoria prodigiosa y recordaba la fecha de nacimiento y fallecimiento de los vecinos de la colonia, un archivo viviente del registro que quemaron en la iglesia en el año 1936 al inicio de la guerra. Me gustaba entrar en su casa, habitaciones frescas con ambiente de hogar de abuelos y sabor a antiguo; nos daban carne de membrillo y alguna vez granadas del árbol del patio interior. Esa casa y la escuela, que entonces estaba en la villa, no sé  por qué, pero son los dos lugares que más relaciono con el repique de campanas doblando a muertos, quizás porque doblaron para mis abuelos mientras yo me encontraba allí.

Vivíamos en la Divina Pastora,  primera urbanización de edificios de más de tres plantas, según mis recuerdos. A nosotros, como a cualquier niño, nos gustaba hacer las cosas prohibidas por nuestras madres, por lo que en los días libres y vacaciones hacíamos de todo con más o menos renuencia, como ir a comer higo en las higueras que separaban nuestra casa del cementerios, sentarnos a comer habas contándonos historias inventadas en el campo que había entre la casa y las vaquerizas, o ir a coger perillas en el pantanillo que ya no estaba pero un día más lejano sí.

Sobre todo se me llena el alma de suspiros con mis recuerdos de la calle Lagasca y sus alrededores, el olor a pan caliente y recién hecho que inundaban esas calles desde el horno de Fernando Caracuel por las mañanas, que se unían al bajar hacia la mediación con el de los churros de Mª Carmen “la carapascua” o los de Mateillo al otro lado de la calle de en medio, el sabor de las galletitas con forma de hongos que nos daba mi tía Salvadora del ultramarinos que posteriormente se convirtió en Tejidos Peña, la cantinela del loro de Anilla la de Isabel Gil vendiendo los altramuces a real, el fresquito de la casa de Carmela García en las tardes veraniegas de costura, el regaliz de la diminuta tiendecita de Juana Prieto, las extravagancias entre risas de la tristeza de Diego “el nano”, las carcajadas de las películas de risa del cine de verano en el Imperial Cinema, el olor a jazmín en las noches de la puerta de Salvadora la de Guerrero , acompañadas siempre de las salamanquesas en la pared de la casa de mi tía Dolores, con el cantar de los grillos, y como no, el insistente piar que casi se convertía en gritos de las golondrinas y vencejos, que aparecían en la primavera y se marchaban antes de otoño, de la puerta de la Fonda de mi abuela Pepa. Ella cada domingo antes de ir a misa nos embadurnaba de polvos de Heno de Pravia y a mí me parecía que toda la iglesia, olía a ellos ligados con el olor de la cera de las velas.

Aquello era mi pueblo “San Pedro de Alcántara”, pero al ser su origen el de los colonos venidos de otros pueblos, han estado sus habitantes siempre con los brazos y las puertas de sus casas abiertas para acoger a todo aquél que venía de fuera. Y llegaron de  Marbella, Igualeja, Istán, Parauta, Benahavis; y llegaron Laura Valenzuela, Carmen Sevilla y Jaime de Mora, que en paz descanse y todo empezó a cambiar tan rápidamente que apenas quedan las huellas de lo que fue para mí.

Hace tiempo que no vivo allí y ahora son los hijos y los nietos de esos emigrantes del pasado o los emigrantes más recientes los que dicen que San Pedro es su pueblo, pero ellos no tienen en la memoria la belleza de lo que fue.  Lo único que queda tal y como era entonces es esa preciosa iglesia, la única de España de estilo Colonial, que está en el olvido de alguno de sus hijos nativos y adoptivos, porque su vanidad les hace creer que no da la talla con el estilo de vida que hoy se lleva allí. La iglesia en que me bauticé, hice la primera comunión, me preparé para casarme, celebré mis alegrías y lloré la ausencia de mis seres queridos, es especial, muy especial y es mi iglesia, VUESTRA IGLESIA.                                                                 (Octubre 1996)